miércoles, 1 de junio de 2011

LA ESPOSA DEL MEJOR POLICÍA DEL MUNDO

Cómo describir una mujer que se debate entre el amor de su esposo y las amenazas que hay contra ella y su familia. Cómo hablar de la esposa de uno de los mejores Policías de la historia del país, del General Oscar Adolfo Naranjo Trujillo, Director de la Policía Nacional. Su nombre es Claudia Marina Luque Peñalosa, nacida en Bogotá el 25 de noviembre de 1959. Es una mujer de 1 metro 70 centímetros de estatura. Mientras baja las escaleras de su casa, es evidente su elegancia y vanidad. De pelo claro, y un indudable gusto por la moda. Es una señora en todo el sentido de la palabra. Amablemente me invita a la sala de visitas de su casa.



Tiene una voz que demuestra su personalidad dominante. Es ella quien lleva las riendas de su casa. Es la encargada de distribuir el dinero, de ordenar a sus empleados, de tenerle al día los uniformes al General, de velar por los estudios de su hija menor (María Claudia) y por supuesto de hablar por medio de su Blackberry con su hija mayor (Marina), que vive actualmente en Nueva York.


Además de ser un ama de casa estricta y entregada, Claudia es la Presidenta de la Asociación de Obras sociales en beneficio de la Policía Nacional (AOS), con el fin fundamental de garantizar los estudios a los huérfanos de Policías. Es una de esas mujeres que no se deja obstaculizar por nada y que se ocupa de diferentes asuntos a la vez, con inteligencia y eficiencia.

Mientras conversamos, puedo detallarla. Su teléfono celular no deja de sonar. Apenada, se ha levantado dos veces a recibir llamadas. Su cotidianidad es agitada. Mientras ella trata de solucionarle el problema a cada persona que se lo requiere; yo doy una vuelta por su sala, viendo fotos familiares y toda la historia que va quedando registrada con el paso de los años al lado del mejor policía del mundo (título que recibió el general en 2010).



Es la hermana mayor de 3 hermanos y el motor primordial de su familia, pues a la corta edad de 9 años, su madre Marina, falleció a causa de un accidente automovilístico, dejándola a ella como la figura materna del núcleo familiar. Es además, hija de Ignacio Luque, Coronel retirado de la Policía Nacional.

Cuando habla de la Policía sobresale un tono particular en su voz. Con sentimientos encontrados, pero con su fortaleza característica, confiesa que aunque el costo familiar de estar casada con el jefe máximo de la Policía es muy alto, entiende lo que implica trabajar en esta institución, que desde pequeña conoce y adora.



Después de recibir una llamada de su esposo, la señora Claudia cuelga el teléfono con un inconfundible brillo en sus ojos. Se le ve enamorada como si fuera la primera vez que la llama el General. En ese momento me comenta con confianza, que el 4 de diciembre de este año cumplirán 30 años de casados.

“Toda una vida junto a Oscar. No creas que ha sido fácil, es muy duro vivir con su ausencia. Pero llamadas como estas, me reiteran que es el hombre de mi vida, el mejor esposo, el mejor padre. Parece como si fuera ayer el día que lo conocí, nunca ha dejado de ser ese hombre detallista y encantador”.



Ha pasado una hora y media. Hablar con la señora Claudia es un placer, tiene muchas historias que contar y además lo hace abiertamente. Ya en 3 ocasiones me ha ofrecido algo de tomar o de comer, es muy atenta y cordial.

Mientras conversamos, entra a la casa su mano derecha “Cárdenas”, uno de sus escoltas dentro de su esquema de seguridad. Lleva trabajando para ella más de 6 años. Con un tono respetuoso le pregunta: “señora Claudia, ¿a qué horas necesita que los carros estén acá? Es que mi capitán necesita saber el itinerario de hoy para acordar las rutas”. Ella me da una mirada que expresa resignación. Y con amabilidad le responde: “Cárdenas, no sé, estoy en una entrevista… dígale que en una hora o dos, no me interrumpan más, por favor”.


Tanto el General cómo ella no se sienten a gusto de estar rodeados de escoltas. Les parece terrible la gente que alardea con sus esquemas de seguridad. Ella hace que todos sus escoltas estén siempre vestidos de civil, así pasan más desapercibidos. En medio de risas, me comenta que por esta razón le encanta viajar: “Es invaluable la libertad de caminar sin 4 ó 5 personas detrás de ti”.

En este punto de nuestro encuentro, doña Claudia ya ha tocado diferentes temas que la caracterizan como persona. Desde hace 4 meses se dedica a hacer yoga, 3 veces por semana. Odia el cigarrillo, pero es adicta al chocolate. Es seria y tiene un carácter fuerte, pero se derrite con una mirada de su esposo. Les alcahuetea a sus hijas algunas cosas, pero no perdona las mentiras. Es educada y se le nota la clase, pero no tolera la arrogancia. Es muy amiguera, pero a la vez estrictamente reservada con su intimidad familiar.

Esta admirable mujer es como cualquier otra. Ha tenido que vivir momentos muy dolorosos en su vida. Sin ataduras, me cuenta que uno de los momentos más duros fue tener que mandar a su hija mayor a vivir por fuera del país.

“Cada día se sabía de más amenazas en contra de maris (Marina, su hija mayor), la tenían fichada. Nos llegaban reportes de que ya sabían su horario dentro de la universidad y los carros que ella usaba. La primera medida fue reforzarle la seguridad, pero eso no bastó. No podíamos condenarla a vivir rodeada de escoltas, fue muy difícil tomar la decisión pero son las pruebas que nos pone Dios, y prefiero tenerla lejos que corriendo peligro”.

Ha tenido que vivir en diferentes lugares del mundo. Argentina, Inglaterra, España. Dentro de Colombia, Santiago de Cali, Barranquilla y finalmente Bogotá. Pero la ciudad que más recuerda es Cali. Vivieron en esta ciudad en pleno auge del narcotráfico. El General en ese entonces era comandante de esa ciudad y estaba tras el caso del cartel de Cali. Ella recuerda mucho una experiencia que tuvo que vivir en “la sucursal del cielo” cómo la llama con cariño:

“Era un domingo por la tarde, a Oscar no le gustaba salir mucho porque Cali en ese entonces era muy inseguro y todos los días pasaban cosas terribles. Cayita (su hija María Claudia), Maris (su hija Marina) y yo queríamos ir al cine. Finalmente logramos convencerlo. Recuerdo que queríamos ver la película de Leonardo Di Caprio, “Atrápame si puedes”. Llegamos al cine de Unicentro, por fin estábamos teniendo un tiempo los 4 juntos. Hasta que llego otra familia, se empezaron a oír comentarios en el teatro. El jefe de nuestra seguridad de ese entonces, se le acercó a Oscar. Acababa de entrar a la sala el jefe del cartel de Cali, Gilberto Rodríguez Orejuela (quien en ese momento no tenía orden de captura). Automáticamente se desató una disputa entre nuestros escoltas y los de ese mafioso, tuvimos que salir corriendo y hasta ahí nos llegó la película”.

Han sido muchas las amenazas que han recibido los Naranjo Luque, a ella se le quiebra la voz cuando recuerda esas difíciles situaciones por las que ha tenido que pasar su familia.
Rápidamente hago un cambio del tema de conversación y ella con su mirada me lo agradece.

Como presidenta de la Asociación de Obras Sociales en beneficio de la Policía Nacional, ha hecho una gestión sobresaliente. Los recaudos de sus antecesoras por lo general no llegaban a los 100 millones de pesos. El año pasado, por medio del evento más importante (Café por un futuro) que realiza esta asociación, la señora Claudia logró recaudar más de 700 millones de pesos. Indiscutiblemente, el recaudo económico más importante que ha logrado esta organización en años.  Ella se toma muy en serio su rol dentro de esta organización social. Los martes y jueves en las mañanas, asiste puntualmente a las reuniones que ella preside con la junta directiva.

A pesar de ser una mujer con múltiples ocupaciones, doña Claudia también saca tiempo para sí misma. Es tradición con sus amigas (todas esposas de generales y coroneles), reunirse todos los martes por las tardes al habitual costurero. Además de tejer, toman onces, “echan chisme” y se toman la tarde entera para entretenerse. Es su momento de relajación y en donde se desconecta del mundo.

Trata de ir constantemente a su finca en Girardot. No hay un lugar en el mundo donde ella descanse mejor que en “El Paso”. Puede tomarse unos vinos con su esposo, leer un buen libro, hacer ejercicio y además dedicarle tiempo a sus matas. Le apasiona la jardinería.

“Señora Claudia llegó Emilia” le dice su empleada. Yo, sorprendida trato de descifrar quien puede ser Emilia. No ha mencionado ese nombre en toda la conversación. Ella mira hacia la puerta esperando con ansias. En ese momento, entra Emilia, su perra de raza sharpey que al parecer es la consentida de la casa. Con un cariñoso saludo Claudia la levanta del piso y le da un beso en la cabeza. Emilia ladra emocionada y trata de lamerle la cara. Me voltea a mirar y me dice: “llegó la bebé de esta casa, llevaba dos semanas por fuera”. Yo, confundida con la situación le sonrío sin saber que responder.

“A Emilia la compramos en Chipi Chape en Cali, esa es una historia muy simpática. Pero me va tocar contártela otro día porque tengo un almuerzo con Tutina de Santos y me gusta ser muy puntual…” saca su rubor de la cartera, se retoca y se levanta de la silla. Atentamente se despide de mí y sale de la casa.

INSEGURIDAD EN BOGOTÁ: AL LÍMITE

Inseguridad en Bogotá: al límite

Uno de los temas que más afecta la situación de Bogotá es el referente a la seguridad, factor que incluso le ha quitado puntos a la imagen y popularidad del ex alcalde mayor de Bogotá, Samuel Moreno Rojas. Y es que el panorama no es positivo, a pesar de las cifras que entrega la Administración Distrital resulta cada vez más constante escuchar en las calles, en el transporte público y hasta en los lugares de trabajo sobre algún incidente de hurto, lesión, robo a vehículos y otras modalidades de los cuales los capitalinos somos víctimas.

Con el objetivo de conocer la percepción de algunos bogotanos sobre el tema, nos dimos la tarea de entrevistar a 300 personas entre las cuales 233 aseguraron haber sido víctimas de un robo, agresión u otro acto violento que ha atentado contra su integridad. Los ciudadanos hicieron referencia a algunos puntos específicos de la ciudad donde la palabra seguridad no existe, sitios como el centro de Bogotá, la calle 19, la calle 13, la décima, San Victorino, y barrios como La Victoria, Candelaria La nueva y La Estrada donde los robos con arma blanca son el pan de cada día. La pregunta es ¿Cuáles son las acciones que se van a tomar frente a este problema de inseguridad que se vive no solo en estos sectores sino en toda la capital?

“A dos cuadras de donde me robaron había dos Policías y no hicieron nada, son cómplices y soy testigo de ello” (Lucía Hernández, 34 años) […] “en la 19 con Caracas me robaron, cuando cogí a los asaltantes eran Policías que estaban de civil” (Mario Peláez, 22 años), son testimonios de ciudadanos como usted o como nosotras para quienes salir a las calles de Bogotá ya es todo un reto.

Los hechos violentos y robos ocurren a diario, y es constante ver en los medios de comunicación noticias de paseos millonarios, llamadas millonarias y hasta empleadas de servicio cómplices de sus parejas quienes sin pena ni gloria se atreven a hurtar las pertenencias de los que las han contratado. Pero existe algo más preocupante y es la indiferencia de los bogotanos quienes solo pasan como testigos de atracos o asesinatos, pero de acciones nada de nada.

Según el Observatorio de Seguridad de la Cámara de Comercio de Bogotá, los delitos con mayor impacto en la capital son los homicidios, muertes en accidentes de tránsito, lesiones personales, hurto a personas, vehículos, viviendas, registrando entre las localidades más violentas a Ciudad Bolívar, Kennedy y Bosa, datos nada alentadores.

Falta de solidaridad, pasividad, miedo e indiferencia son las razones que la mayoría de capitalinos tienen para no intervenir, pero si no se actúa juntos ¿Quién podrá defendernos?
La respuesta a este interrogante es simple, los bogotanos no se sienten seguros en la ciudad y tal parece que las políticas implementadas por la actual administración han dado resultados adversos. Así lo demuestra un estudio elaborado por la Cámara de Comercio de Bogotá relacionado con la percepción de inseguridad: en el año 2007 el 39% de los bogotanos no se sentían seguros y en el 2011 esta población ha ascendido a un 59%.
Según declaraciones del actual Director de la Policía Metropolitana de Bogotá el General Francisco Patiño Fonseca: “No debemos hablar de inseguridad en Bogotá, debemos hablar de seguridad. Los medios de comunicación son los encargados de dañar la imagen de la ciudad, la Policía Nacional ya tomó las riendas de la ciudad y hoy por hoy, el ciudadano puede caminar con tranquilidad”.  Pero la verdad es que el problema de la inseguridad en Bogotá va más allá de la imagen violenta que han construido los medios de comunicación y mientras las autoridades y el gobierno esperan a que esa controvertida y desvirtuada tesis se cumpla, la ciudad está en camino de perder lo que ha ganado en los últimos años.
                                                                                                                                  
La situación no sólo es un tema de simple percepción como lo afirman las autoridades, las cifras  muestran que realmente Bogotá está atravesando por uno de los más críticos momentos de violencia e inseguridad. Según el Instituto Colombiano de Medicina Legal la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes en el año 1995 era de un 80%, ya para el año 2007 se había logrado una reducción significativa de este indicador encontrándose en un 17%; sin embargo y a partir de la administración de Samuel Moreno y la designación de su Secretaria de Gobierno Clara López, la tasa de homicidio ascendió a un 20.5% para el año 2008 y para el año 2010 alcanzó el 22.7%, cifras que demuestran un claro retroceso en la materia, además de estar incumpliendo la meta establecida en el plan de desarrollo: una tasa del 16% por cada cien mil habitantes.
El mismo estudio señala que el 50% de los actos violentos se presentan en espacios públicos de la ciudad, el 87% de los casos de homicidio reportados ocurre entre conocidos y el 82% se produce bajo los efectos del alcohol, sin embargo y a pesar del alto número de delitos ocurridos en la ciudad sólo el 30% de las personas afectadas denuncia los actos de los cuales ha sido víctima, lo que puede entenderse como falta de confianza por parte de los ciudadanos en las autoridades. 
En cuanto a la victimización directa reportada por la Cámara de Comercio para el año 2011 se observa una disminución de 6 puntos frente a la reportada en el año 2007; pero respecto de la victimización indirecta, entre los encuestados, se encuentra un aumento en el año 2011 de 17 puntos respecto del año 2007.
Así mismo es importante resaltar que los actos violentos se han trasladado a escenarios como las instituciones educativas, lo cual afecta gravemente la integridad de los menores de edad y va en contravía de la calidad educativa que tanto prometía la administración actual, según informa la Secretaría de Educación sólo para el año  2011 se han presentado 39,868 riñas y la conformación de 2,231 pandillas que amenazan con la tranquilidad de la comunidad educativa. Frente a este tema la administración distrital no ha implementado una estrategia que realmente solucione el problema, además que desconoce completamente la realidad pues para el año 2007 reportó la ocurrencia de sólo 87 casos de violencia escolar y para el año 2008, 148 casos; cifras que distan mucho de la señalada para el año 2011 por la misma entidad.
La inseguridad en Bogotá, no sólo se ve reflejada en las tasas de homicidios y hechos de violencia reportados por las autoridades, pues como se ha denunciado en varias oportunidades la falta de liderazgo y el accionar permisivo de las autoridades conllevan a que  no sólo en el espacio público se produzcan actos ilegales, pues establecimientos de comercio se han convertido en escenarios propicios para estas actuaciones, como es el caso de los  denominados “amanecederos” donde se encontró que las autoridades permiten su funcionamiento hasta altas horas de la madrugada y donde se producen un sin número de actos delictivos como venta de estupefacientes, prostitución, riñas y homicidios entre otros.
Algunos establecimientos de comercio ubicados en las zonas de rumba de la capital, vienen siendo utilizados por la red de narcotráfico que opera en la ciudad, como bodegas para el almacenamiento de los estupefacientes, como lugar de micro tráfico o simplemente como un albergue para los “jíbaros” y demás integrantes de esta red. Respecto al tráfico, fabricación y porte de estupefacientes las autoridades reportaron los casos relacionados con tales hechos: para el año 2007 un total de 2.098, para el año 2008, 4.168 y para el año 2011 se ha  reportado, 1.349.  Las edades de inicio de consumo de estas sustancias oscilan entre los 17 y 19 años. Según un estudio publicado por la D.N.E., de la población universitaria que consume sustancias alucinógenas en Latinoamérica en países como Bolivia, Ecuador y Perú el consumo de estupefacientes es del 14%, mientras que en Colombia asciende al 29,6%.
Y es que el negocio del narcotráfico y micro tráfico ha penetrado la esfera de uno de los grupos más vulnerables, los jóvenes los cuales a pesar de sus escasos recursos pueden acceder fácilmente a pequeñas cantidades de droga y a muy bajos precios. De la investigación se pudo evidenciar que una papeleta de marihuana cuesta alrededor de los $1.500, una de bazuco $2.000, una de coca se encuentra alrededor de los $15.000 y  se consigue éxtasis y heroína hasta por $20.000.
Si bien es cierto la Policía ha adelantado acciones importantes para combatir estas redes, pues en el año 2010 logró desmantelar 458 ollas, de un negocio que mueve alrededor de 300 mil millones de pesos al año, no es suficiente, falta coordinación entre las autoridades gubernamentales y el cuerpo uniformado para combatir este flagelo, pues a pesar de haber detectado zonas críticas en Bogotá, las cuales merecen un especial tratamiento no se han desarrollado planes realmente efectivos que demuestren una reducción significativa de los actos ilegales. En estas áreas, ha determinado la administración, se producen en promedio el 33,3% de los homicidios de la capital, el 30,6% de las lesiones personales y el 32% de los hurtos a establecimientos de comercio.
La policía Metropolitana de Bogotá, en el transcurso del 2011 también ha desarticulado a 151 bandas delincuenciales, logró más de 5,000 capturas y puso, además en marcha el Plan Nacional de Vigilancia Comunitaria por Cuadrantes (el cual funciona en 743 cuadrantes en la ciudad). Lo que sucede es que la falta de credibilidad en la Policía, por parte de los ciudadanos, es innegable, la gente no cree en las autoridades y menos en las denuncias por lo que a diario miles de delincuentes no son judicializados. Es debido a esto que, como lo afirma el General Patiño, en la institución se estén trabajando en aspectos que garanticen la transparencia y logren crear vínculos cercanos entre la gente y la institución. Pero  la confianza es algo que se restaura día a día, con hechos y con cifras por lo que la ineficiencia y la  negligencia de la cual las personas diariamente son víctimas no contribuyen a mejorar el problema.
Como se mencionó con anterioridad, la violencia y la inseguridad no sólo se miden, con la tasa de homicidios ni con el número de personas capturadas, es el diario vivir de los ciudadanos lo que hace que tener una mejor calidad de vida en la ciudad evite que se presenten hechos delictivos. La permisibilidad que se vivió en la administración del Alcalde Samuel Moreno es latente, por ejemplo se ha reducido el número de comparendos impuestos a infractores de las normas de tránsito mientras en el año 2007 se impusieron 18,590, tan sólo en el año 2010 fueron un total de 10,227.
Lo mismo ocurre con la ocupación del espacio público, lugares donde más hechos violentos se presentan. Durante el año 2002, se recuperaron 579.152 mts2,  durante el año 2004, 248.272 y durante la administración de Samuel Moreno en el año 2008 sólo se recuperó 121.595 mts2, sin contar por ejemplo con la pérdida total de la cultura ciudadana que se había logrado con alcaldías anteriores, campañas como la de la “hora zanahoria” que  entre otras lograron una disminución de casi el 40,72% de los homicidios y 40,09% de los accidentes de tránsito.
El tema de la inseguridad en la ciudad es real y bastante serio y las cifras que lo demuestran cada vez aumentan más. No es sólo cuestión de percepción como lo hacen creer las autoridades sino más bien de escasez de una estrategia integral que abarque los problemas de la ciudad como son la ocupación ilegal del espacio público, las infracciones de tránsito, la violencia escolar y obviamente conductas delictivas que van en contravía de la calidad de vida de los bogotanos. Es necesario restaurar la confianza en las autoridades y romper con ese ciclo vicioso en el que la gente no denuncia, los crímenes no se pueden judicializar y al final quedan impunes. Es importante demandar respuestas sociales y oportunidades de empleo que bloqueen la explosiva situación social de Bogotá, donde 1.3 millones de sus habitantes viven la línea de pobreza, y 368 mil viven en la indigencia.

Al final de todo para demostrar la inseguridad en Bogotá no son necesarias las cifras. No es sino mirar los titulares de la prensa o hablar con cualquier persona en cualquier lugar, porque como dice la canción Juanito Alimaña de Héctor Lavoe, en esta ciudad “la calle es una selva de cemento  y de fieras salvajes cómo no, ya no hay quien salga loco de contento, donde quiera te espera te espera lo peor, donde quiera te espera lo peor”.